... y no ha estado nada mal. Existen periodos festivos en los que no haces nada y te aburres como una ostra, y existen otros sin embargo en los que haces montones de cosas y te lo pasas de miedo. Éste puente que hoy acaba ha sido por suerte del segundo tipo. Finalmente decidí irme con mis amigos al pueblo de uno de ellos, para pasar unos días en la montaña e ir a esquiar a una estación de esquí cercana.
Salimos el sábado nada más comer y tras dos horas de animado viaje, llegamos al pueblo en cuestión. Es un lugar precioso, donde hasta las boñigas de vaca (que allí pastan a placer por donde quieren) tienen su encanto. La veintena de casas apiñadas alrededor de la plaza y que constituyen el núcleo urbano están fabricadas con piedras (apiladas unas encima de otras sin usar ningún tipo de mortero, y formando sólidos muros) mientras que las tejas de los tejados son de pizarra negra (o de uralita negra en las más modernas). A pesar de que nuestro amigo nos había dicho que ningún habitante pasea ya por la solitaria plaza, y por las pocas calles que nacen de ella y van a morir una veintena de metros más allá, el puente arrastró allí a unos pocos vecinos habituales del lugar, buscando paz y tranquilidad.
La primera noche, después de la visita a las zonas más destacadas en medio de un intenso frío (léase la plaza, la fuente, la iglesia, el ayuntamiento-escuela y el lavadero), jugamos al trivionary (solteros vs. casaderos, y todo sea dicho, los solteros les metimos una buena soba a los casaderos :-P ) y cenamos con apetito todo lo que pudimos asar en una barbacoa (hacer cena para 8 cuesta más de lo que pueda parecer).
La mañana del domingo madrugamos, y a las 9 ya estábamos en las pistas. Hacía muchos años que no pisaba una estación de esquí y la primera impresión me gustó. La niebla lo envolvía todo y proporcionaba una sensación de irrealidad que se vio disipada enseguida al salir de los coches y enfrentarse a la dureza del clima de los pirineos. Enseguida comenzaron los preparativos y aunque yo y 3 amigos más no esquiamos (mis motivos
aquí), nos dimos cuenta de la enorme cantidad de cosas que hay que preparar antes de comenzar a esquiar: botas, esquís, ropa adecuada, gafas, gorro, guantes… un engorro vamos!! Por la mañana, mientras ellos esquiaban la dedicamos a pasear, a visitar los bares y las tiendas y a ¡tirarnos pelotazos claro! Para comer nos juntamos todos y después nos animamos A., R. y yo y alquilamos un trineo (que eso era mucho más barato). ¡Fue una gozada! Bueno, las bajadas fueron una gozada; el problema era subir de nuevo las cuestas para volver a lanzarte… Sin embargo disfrutamos como enanos un buen rato y cuando ya estábamos lo suficientemente mojados y magullados por las caídas decidimos acabar la jornada y esperar al resto en otro bar entrando en calor. Lo peor del día fue el atasco que se formó a la salida de la estación. ¡Cerca de hora y media para cubrir los 35 kilómetros que nos separaban de nuestro destino! Por la noche después de cenar volvimos a irnos enseguida a dormir porque la jornada había sido agotadora.
Y así llegó el lunes, el último día. Madrugamos poco y me fui con A., I. y S. a un pueblo gemelo del que estábamos y que se encontraba a diez minutos andando. Volvimos a disfrutar del maravilloso paisaje, y de la naturaleza que rodea esta zona. Y tuvimos ocasión de ver muy de cerca vacas y burros (casi me atrevería a decir que demasiado cerca). Nada más comer recogimos todo y nos despedimos del lugar con cierta tristeza pero con la esperanza de volver algún día y volver a pasarlo así de bien.
Bueno, la verdad es que no todo fue maravilloso, y es que hubo un hecho que enturbió ligeramente estos días, y este hecho fue la presencia de
I. Creo que en los tres días nos diríamos cinco o seis frases a lo sumo, y es que su actitud (yo prometo que intentaba ser amable) no dejó lugar a nada más. Contestaciones con monosílabos, comentarios despectivos… La verdad es que no fue muy agradable pero tampoco le di demasiada importancia porque con el resto la relación fue muy cordial y lo pasamos muy bien, y como ya dije en su día, he llegado a la conclusión de que ésta situación es irreversible y nada se puede hacer.
En resumen, un puente que me ha hecho desconectar unos días y que me ha venido bastante bien para recargar las pilas a la vez que me ha permitido intuir al menos como es una zona desconocida para mi hasta ahora: los Pirineos.